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Alialdea

Una encrucijada temporal: Carnaval y Cuaresma

05/03/2019

La semana pasada, el jueves lardero, tuve que bajar a la ciudad a arreglar unos papeles y en el autobús urbano se había establecido uno sabroso debate en torno a cuándo comenzaba y terminaba el Carnaval y cuándo la Cuaresma. Cuando subí la discusión no había hecho más que empezar, encendida, al parecer, por un comentario que había hecho el locutor de la emisora de radio que servía de hilo musical en el autobús.

Botarga de Humanes de Mohernando (Guadalajara). Dibujo: Diego Sanz

Se defendía por parte del hombre de la radio (y “se tiraba a la piscina”, decía) que, echando cuentas,  el miércoles de Ceniza e inicio de la Cuaresma era el miércoles posterior al Domingo de Resurrección. Desde luego, el piscinazo fue de bulto. Esto supuso que los viajeros decanos se llevaran, lógicamente, las manos a la cabeza, hasta los no creyentes ni practicantes ni nada.

Se cumplen por estas fechas diecinueve años de mi regreso al pueblo. A decir verdad no recuerdo muy bien el motivo por el que un día hice el petate, recogí mi habitación de alquiler y regresé a mi lugar de origen. Llevaba en la cabeza un manojo de ideas de regular materialización en el pueblo y, aunque algunas de ellas ya están funcionando desde hace tiempo, otras presumo que no será posible que se vean cumplidas. Sin embargo, entre las primeras estaba la de disfrutar de algo que en la ciudad no era capaz de hacer, que era asistir y saborear el paso de las estaciones del año. A veces digo que es uno de los pocos privilegios de los que gozamos los hombres y mujeres rurales.

Con todo, la progresiva homogeneización cultural, y sobre todo la desestructuración que ha supuesto su vaciamiento, ha conducido también a los pueblos a ir perdiendo la percepción cíclica del tiempo que durante siglos, acaso milenios, ha tenido el ser humano. Quizá alguien pueda imaginar a los habitantes de los pueblos del pasado (y de los de ahora) como seres pasivos, instalados en una rutinaria vida que se resumía en nacer, crecer, reproducirse y morir y, si bien esto era así, resumiéndolo mucho, cada uno de estos hitos vitales eran jalones festivos que dividían la intrahistoria no solo del individuo, sino también de la comunidad toda. A ello hay que sumar centenares de fiestas que alteraban constantemente los calendarios de aquellas para nada insulsas comunidades aldeanas  del pasado.

El ser humano estaba en contacto con la naturaleza, se comunicaba y estaba en sinergia con ella, de modo que sabía que era en el menguante de enero cuando tenía que subir al monte a cortar árboles para hacer forjados, techumbres u otras piezas duraderas de madera, y no se le ocurría llegar a abril podando vides y frutales, aunque en áreas de elevadas altitudes, dichas faenas podían discurrir en marzo. En abril poda el ruin. Los mensuarios o menologios medievales que aún se encuentran en iglesias rurales como el famoso de Beleña de Sorbe (Guadalajara), dan testimonio de las tareas que el hombre y mujer del campo tenía asignada en cada momento del año.

Poda de marzo en el menologio de Beleña de Sorbe (Guadalajara)

Estas apreciaciones se implementaban en un rico repertorio festivo anual en el que confluían el tiempo cíclico, solar, lunar, y el tiempo lineal: el tiempo en el que se percibía las estaciones y la historia mítica y el tiempo en el que discurría la biografía individual y la historia reciente.

“Los festejos y rituales constituían el eslabón que engarzaba estas dos percepciones del tiempo, esos dos niveles de la realidad” (Gurievich, 1990: 54).

Como decimos, el calendario era un constante ir y venir de fiestas en las que se sumaban los días feriados propuestos o impuestos por la Iglesia en sus diversas instancias (romana, hispánica y diocesana) y aquellas otras fiestas que, teniendo un claro origen religioso, eran adoptadas por concejos, gremios u otras colectividades civiles, por medio de un voto comunitario. De esta cuestión hablaremos en otra ocasión.

Se calcula que en torno a un tercio del calendario estaba marcado en rojo festivo para los hombres y mujeres de la Edad Media (Ladero, 2015: 33) y, aunque este exceso de días de asueto y celebración se fueron recortando a lo largo de los siglos, a medida que cobraba mayor peso el  modo de producción capitalista, todavía el medio rural mantuvo un importante cumplimiento de santificación de las fiestas que, hecho girones y desligado ya del sistema coherente que le dio origen, ha llegado en cierto modo hasta nosotros.

Había, sin embargo, un periodo del año que no acabó nunca de encajar del todo en el sistema cristiano del tiempo. Era el Carnaval, un tiempo en el que se imponía una moratoria de  las normas sociales establecidas y se dejaba libertad a las expresiones oral y gestual, reprimidas muchas veces el resto del año. Por ello, el Carnaval se ha identificado sobre todo con rituales de inversión: inversión de la posición social (ricos-pobres/ poder-sometimiento), inversión sexual (hombres-mujeres), inversión temporal (viejo-joven/ pasado-presente), inversión étnico-racial (negro-blanco), inversión animal (seres humanos-animales).

En el Carnaval, a través de tradiciones que se han intentado reglar a lo largo de los siglos, se han dado multitud de combinaciones de estas transgresiones, pudiendo hallarse, aún en la geografía rural, vestigios de estos ritos, como la salida del Hartza (Oso) en Arizkun (Valle de Baztán); en Arles sur Tech (Alto Vallespir) el personaje de la Roseta, representado por hombre, simula copular con el Os (Oso); en Jalance, en el Valle de Ayora, los Locos, encarnados por los jóvenes del pueblo se hacen con el poder del pueblo el día de los Inocentes (28 de diciembre), mientras que en  Zamarramala (Segovia), Jadraque (Guadalajara) o Carrión de los Condes, las mujeres tomarán el poder de estos pueblos para Santa Águeda (5 de febrero) (1). En Montehermoso (Cáceres) se encuentran Los Negritos de San Blas (3 de febrero), que llevan la cara tiznada, simulando acaso ser personas de raza negra, y en muchos otros pueblos como como Fresnedillas  (Madrid) o en puntos de Cataluña y la Comunidad Valenciana, se encuentran comparsas de ‘judíos’ en la fiesta de la Vaquilla y bailes de gitanas, respectivamente.

Volviendo, pues, al dilema del locutor de radio, el Carnaval es el tiempo previo a la Cuaresma, por lo que hoy, Martes de Carnaval, víspera del Miércoles de Ceniza, termina aquél. Aunque no se descarta su origen precristiano, Julio Caro Baroja llegó a señalar que precisamente la razón de ser del Carnaval era el inexorable advenimiento de la Cuaresma. Mañana será otro día, y se abrirá otra etapa en el calendario tradicional. Entre hoy y mañana se entierra la Sardina en tantos y tantos lugares, porque tal día como mañana no quedaba otro remedio que comenzar a comer pescado por imposición eclesiástica. El Entierro de la Sardina era pues una última burla, una última transgresión antes del tiempo del ayuno, la abstinencia y de la observación moral. Hay quien dice que, en origen, realmente lo que se enterraban eran los productos cárnicos sobrantes que se habían podido consumir durante el Carnaval, y que a estos chorizos, morcillas, costillares, comenzó a llamárseles equívocamente sardinas.

Batalla del Carnaval y la Cuaresma (fragmento). Brueghel el Viejo (1559) Museo de Viena.

Sea como fuere, no hay duda: estamos en una encrucijada temporal  que, pese a que hoy ha perdido mucho de su sentido antiguo, debería seguir formando parte de la cultura popular y, por ello, de la cultura que se difunde por los medios de comunicación actuales.

Notas:

(1) Hoy, afortunadamente, no tiene nada de particular que una mujer o un joven ocupe los cargos de alcalde/sa o concejal/a. En el pasado, los concejos y ayuntamientos rurales solían ser verdaderos senados, en el sentido etimológico de la palabra, gobernados por hombres generalmente muy mayores

Bibliografía

Caro Baroja, Julio. El Carnaval (análisis histórico y cultural). Madrid: Alianza [2006].

Gaignebet, Claude. El Carnaval, ensayos de mitología popular. Barcelona: Editorial Alta Fulla, 1984.

González, Oscar J. Mascaradas de la Península Ibérica. Sl. 2014.

Gurievich, Arón. Las categorías de la cultura medieval. Madrid: Taurus, 1990.

Ladero Quesada, Miguel Ángel. Las fiestas en la Europa medieval. Madrid: Dikinson, 2015.

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