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Alialdea

Todos somos rurales

23/02/2019

Existe en mi casa desde hace muchos años la tradición de bajar al mar un día en mitad del largo invierno de la Celtiberia. Cuando era más joven ese viaje suponía una cesura que hacía más llevaderos los hemistiquios que quedaban antes y después. Mi pueblo dista menos de dos horas del Puerto de Sagunto, lo cual quiere decir que, en tiempo, está más cerca que nuestra capital de provincia: Guadalajara. Del mismo modo que en verano me cuesta bajar a la playa para estar allí haciendo nada, en invierno me parece un privilegio poder permanecer unos momentos contemplando el Mediterráneo.

El mes más apropiado para llevar a cabo esta especie de ritual es febrero pues, aunque en toda Europa (y fuera de ella) hay tradiciones en este mes relacionados con el advenimiento de la primavera (recuérdense los refranes en torno a la Candelaria)*, donde más verosímil se hace su llegada es en el entorno mediterráneo.

Febrer  m’ha duït la carta tan precisa,

vol que els lilàs s’obrin pels dits,

i en el cor m’hi creixi una palmera.

Què exigent que ve la primavera!

(Dansa de la Primavera. María del Mar Bonet)

Uno de mis sitios favoritos para llevar a cabo esta especie de ritual inverno-primaveral es Alboraya o Alboraia, que no sé muy bien cómo escribirlo. Su playa no es la más bonita ni limpia, pero dado que lo que yo pretendo únicamente es presenciar un espectáculo tan extraordinario para mí como es el ir y venir de las olas de un mar que parece inmenso, no me importa la calidad bañista del emplazamiento. No sé nadar. Otro aspecto extraordinario suele ser la temperatura. Cuando salgo de mi pueblo la temperatura puede ser de ocho o diez grados bajo cero; dos horas después, me como mi bocadillo de productos serranos sentado en la barbacana del paseo marítimo, y quizá lo hago a dieciocho grados. Sobre cero, evidentemente.

El Mediterráneo en Alboraya. Todo un espectáculo para un celtíbero de la España Rural Interior

Fue en uno de estos viajes, que terminan por la tarde con la vuelta al pueblo, cuando concebí la idea de escribir este blog. No era la primera vez que le daba vueltas al asunto, pero muchas veces trato de imaginar el pasado de espacios urbanos o conurbados y no es difícil advertir su pasado rural. Cierto que Alboraya ha estado siempre a escasos cuatro kilómetros de Valencia, uno de los principales núcleos urbanos del Occidente Europeo, al menos desde la Edad Media; pero aun así, los vestigios de huerta, la misma toponimia, nos hablan de un pueblo netamente rural que, si bien hoy vive volcado al mar, con grandes superficies comerciales en su orilla, en un pasado no tan lejano lo habitual era que la rica cultura huertana, casi de interior, fuera la dominante. Dice el P. Cavanilles en 1795:  

“Cada hanegada de tierra donde no haya árboles da regularmente de 30 á 40 arrobas de chufas secas, y se vende ordinariamente la arroba á 19 reales de vellón. En los citados lugares de Almásera y Alboraya se destinan á esta cosecha 180 hanegadas, que deben producir más de 75 mil reales. Las chufas están cubiertas de una epidermis sutil entre ceniciento y roxo, son aovadas, y más pequeñas que la avellana mondada; lo interior es sólido, blanco y algo dulce, que Laguna dice enxugar y confortar el estómago. El vulgo las come teniéndolas antes en agua doce horas: en Madrid y otras partes sirven para las horchatas que se venden con dicho nombre.

A la derecha del barranco de Carraixet entre el mar y el camino real de Barcelona yace Alboraya, pueblo respetable por su vecindario y sus frutos. En medio de habérsele separado Almásera, con quien formaba en otro tiempo una sola parroquia, tiene más de 560 vecinos, que se aumentan sin cesar. Han convertido estos en ricas huertas su término, igualmente feraz y llano que las inmediaciones de la capital, y cogen 5 mil libras de seda, 4 mil docenas de melones, cerca de 9 mil cahíces de trigo, 600 de maíz, 500 de judías, 12 mil cántaros de vino, 11.700 arrobas de pimientos, 3.300 de frutas, 22 mil de hortalizas, 70 mil de alfalfa, 24 mil de paja, 90 de cáñamo, y 3700 de chufas” (Cavanilles, 1795: 142).

Valencia rodeada de pueblos y huertas (c. 1945). Fte. gráfica.: Instituto Geográgico Nacional (IGN).

Esto mismo ocurría, aunque sin mar, claro, en todos esos pueblos absorbidos por Madrid que un día fueron pequeños municipios del reino de Toledo, con una vida muy próxima a la de cualquier otro pueblo de España. Pienso en Canillas, Chamartín, Hortaleza, Fuencarral, hoy prácticamente inimaginables como pueblos, pero que un día, no les quepan dudas, lo fueron. Leo en una descripción de 1763 de la antigua provincia de Madrid, que Fuencarral, “es uno de los mejores lugares de este contorno, tiene mucha labranza de granos y coge muy buen vino moscatel”. También veo que en ese año Ribas, hoy uno de los municipios –junto a Vaciamadrid-, con menos rastro de indicadores socioeconómicos rurales de toda España “abunda en pan, vino, pesca y ganado” (López, 1763: 179).  

Después del almuerzo, tomo en Alboraya el metro para Valencia y paseo por sus calles céntricas, ya con un incipiente olor a azahar de los naranjos bordes, ornamentales, que flanquean algunas calles de la ciudad. Y pienso que tampoco hace tanto, cuando la urbs valentina terminaba en la muralla o, cuando lo hacía en su flanco norte en la Facultad de Medicina, próxima a Benimaclet, que era un núcleo volcado al campo. Pienso también en Madrid, cuya venta del Espíritu Santo, donde hoy se localiza la plaza de toros de las Ventas, marcaba la mojonera de la capital con el lugar de Vicálvaro y la villa de Canillas; por supuesto, todo ello rodeado de labores. Y cómo la zaragozana calle Pedro Cerbuna era parte del curso de la acequia de la Romareda, una de las principales para el riego. Y cómo el parque de la Concordia eran las eras de pan trillar de Guadalajara. Y cómo…

Con estas ideas vuelvo a casa, y entro en la A-23, la autovía Mudéjar (que por cierto recorre, kilómetro arriba, kilómetro abajo, el antiguo camino real de Valencia a Zaragoza),  y me pregunto a qué ha venido que en las últimas décadas el medio rural haya quedado tan olvidado en España, no solo desde el punto de vista social o económico, sino también cultural. Que quizá habría que hacer hincapié desde la más tierna enseñanza que el asfalto que hogaño pisas, antaño fue surco de arado porque, en el fondo, todos somos rurales.

Notas:

*Si la Caldelaria plora, invierno fora. La Candelaria se celebra el 2 de febrero.

Bibliografía:

CAVANILLES, Antonio José. Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, poblaciones y frutos del Reyno de Valencia. Madrid: Imprenta Real, 1795 (BNE ER/4643).

LÓPEZ, Tomás. Descripción de la provincia de Madrid. Madrid: Joachin Ibarra, 1763 (BNE GMM/45)

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