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Alialdea

Reino de Toledo, Castilla la Nueva, Castilla-La Mancha (I). Una extraña fiesta

31/05/2019

Mediado el año se celebra en esta tierra una extraña festividad que se comenzó feriar allá por la década de los ochenta. Es extraña en su doble sentido, por un lado, muy pocas personas saben qué se celebra realmente en este día, y por otro lado, es una fiesta llegada de extra, o sea, de fuera, como algo ajeno y no autóctono. De hecho, aunque se huelga en comercios, fábricas, colegios y gabinetes oficiales, es una fiesta que pasa inadvertida para el común, acaso aprovechada por las familias para tomar un puente, o poco más.

Esta misteriosa fiesta, que se titula ‘Día de Castilla-La Mancha’, se celebra el 31 de cada mes de mayo y, aunque no logro hallar rastro de explicación acerca de ella en la web oficial de la Junta de Comunidades (que igual he mirado demasiado deprisa, y por eso no lo he visto), según deduzco de un vetusto diario de sesiones, en tal día se debe conmemorar la constitución de las primeras Cortes regionales, en tal día de 1983, en la iglesia de San Pedro Mártir de Toledo.

Confieso que esto de Castilla-La Mancha me ha venido siempre un poco a desmano y, aunque desde muy chico acostumbré a viajar por su geografía, ha de comprender el lector la relativa indiferencia que se da sobre estas cuestiones en esta rinconada de la Raya de Aragón, donde hasta hace poco la única información autonómica que recibíamos provenía de las ondas baturras. También he de decir en mi defensa que he sido muy mal educado en estas cuestiones y, si bien siempre guardé en las aulas lugar para conocer algo sobre el pasado de mi tierra, en mis apuntes de escolano predominó el conocimiento del pasado de Aragón, no embargante fui estudiante en aquel reino.

Cuento como anécdota, y no como presunción, que el profesor que impartía en el último curso de Filosofía y Letras la asignatura de Historia de Aragón tenía por costumbre dar solo una matrícula de honor por curso, y el año que asistí a sus clases, aquella matrícula se vino al Señorío de Molina, con no poco disgusto de algún compañón aragonés. Declaro que aquello nada tuvo que ver con rivalidades entre reinos, sino que me pareció tan interesante aquella asignatura, y fue tan bien y racionalmente explicada, que no pude sino emplearme en ella. Acaso, por echar tanto de menos algo parecido en mi país.

Pues señor, que cuando me volví para mi lugar de nación a contribuir en lo que buenamente pudiera, hallélo muy disminuido en las cosas del amor propio, que solo esto es la sana identidad, y si de donde yo llegaba todo era orgullo de ser del terreno, haciendo gala de cualquier minucia como rasgo de identidad, aquí todo era literatura gris, gris administrativo, se entiende. Y que, quitando que en la casa de concejos ponían una bandera de Castilla-La Mancha para la fiesta patronal, el resto del año uno podía estar seguro de no ser de ningún lugar mayor. Tan es así, que en ocasiones dudé realmente de pertenecer a alguna parte más allá de las mojoneras de mi aldea.

No obstante, el que esto escribe, que ha aborrecido siempre el localismo como principio cabal, no dejaba de escudriñar en estas cosas de la identidad. Aunque según escuchaba y leía en los discursos oficiales de los políticos de la Región, tenían con ella un algo de inquina, y era habitual escuchar lindezas semejantes a estas: “La configuración territorial de la Región es algo artificial, careciendo las cinco provincias de una historia común que las defina con una personalidad histórica propia” (Jiménez, 1988: 432), o aquello otro de que “esta Región no se justifica por la historia, sino por su gestión” (Lucas, 2000:21).

Se cargaban, pues, las tintas en lo puramente administrativo, que no es cosa menor. Pero no solo de pan vive el hombre, pienso yo, pobre campesino. Y así se siguió insistiendo una y otra vez en oponer lo identitario a lo relativo a la gestión, como si una cosa y otra se excluyeran sin remedio, como el agua y el azogue. Hasta tal punto llegó el temor a una identidad común en la Región que a veces se amenazaba en los discursos con unos imaginarios “daños irreparables” que podía acarrear basar la organización autonómica en la historia (Bono, 1995: 27). Incluso se llegó a considerar una “fortuna” no ser una nacionalidad o una región con rasgos que la dotasen de un carácter autónomo (Moreno, 2013: 30-133).

La Sierra, un espacio que iría desde Cuenca hasta Atienza, con centros urbanos como Molina y Sigüenza, fue una de las subregiones de Castilla la Nueva. Foto: miguelrd68

Esa fobia irracional (valga la redundancia) por la historia/identidad ha hecho que Castilla-La Mancha haya adquirido un marchamo de región artificial, de región intrumento e incluso de antítesis de región en el contexto del Estado de las Autonomías; sambenitos, como digo, alentados desde las más altas instancias de la misma.

Cierto es que tampoco ayudó mucho desde los principios el sublimar a una de las grandes comarcas de la región, la Mancha, en detrimento del resto de las tres/cuatro mesorregiones que tradicionalmente la conformaban, a saber: la Sierra, la Alcarria, el área toledana, además de la mencionada Mancha. Efectivamente, en la geografía tradicional se tenía costumbre de hacer estos distingos, pues aunque comarcas las hay muchas en esta Región, y todas tienen su particular nombre y gracia, se acostumbró de viejo agruparlas en esos tres o cuatro grandes países. Así, lo hace en tres partes el geógrafo Tomás López, Alcarria, Mancha y Sierra, en su conocido mapa de Castilla la Nueva (López, 1757). Mientras, otros, como D. Antonio Fuero, a la sazón cura párroco de la villa de Azañón, comenta en un curioso libelo: “hoy se divide Castilla la Nueva en Mancha, tierra de Toledo, Alcarria y Sierra, regiones entre sí distintas y distantes, y con razón se dice de cada una de ellas que es Castilla la Nueva” (Fuero, 1767: 30-31), lo que demuestra que entre las clases populares, también existía este concepto de la región en la que vivían.

Escudo del Reino de Toledo en la galería de escudos de los reinos de España en la fachada del Hospicio de Madrid.

Sea como fuere, antes de aquella quijotesca promoción de la Mancha al rango de reino, o imperio, todas aquellas mesorregiones tenían su peso en Castilla la Nueva, que así se llamó la Región antes del proceso autonómico. Y dígase todo esto sin acritud alguna, pues sépase que mi cariño a aquella tierra de la Mancha es grande, y allí, por ejemplo, experimenté por primera vez el llamado síndrome de Stendhal, al entrar al corral de comedias de Almagro, que comencé a llorar como un tonto, sin saber por qué. Pues allí se condensan las esencias de toda una herencia cultural y allí, en ese espacio de maderos almagrados, cal y guijarros, se rompen las fronteras entre lo popular y lo culto y, si uno no va con aviso, puede verse muy mal parado del alma.

Por más decir, si se quiere indagar en esa herencia, en el pasado común de esta Región, inevitablemente se topa con dos nombres que hoy parecen reducidos a sendos tabúes: Reino de Toledo y Castilla la Nueva. Ciertamente, cuando uno los encuentra en la literatura histórica, unas veces parecen sinónimos, otras no. No hay espacio en esta entrada para desentrañar su significado en cada época y en cada caso que se utilizan, pero no cabe duda de que estos acabaron dotando a la Región de una consideración global que trasciende en el pasado a los acontecimientos que condujeron a la asunción de la región del Mediodía Castellano al rango de Comunidad Autónoma.

Por lo que se decía anteriormente de una pretendida ausencia de una historia política común, sí querría recordar que Euskadi podría ponerse como ejemplo de Autonomía que históricamente, antes de su primer Estatuto (1936), y con más continuidad desde el Estatuto de Guernica (1979), no tuvo un gobierno común a los tres territorios históricos a él referidos, lo que no lo priva de otras cualidades políticas. Tampoco Andalucía, hoy considerada nacionalidad histórica, constituyó previamente un único territorio, así como sus fronteras tampoco han sido siempre estables (1). El Reino de Toledo, por su parte, a pesar de su compleja historia y configuración en numerosas entidades de ámbito comarcal (2), sí que tuvo una consideración global y así constó, por ejemplo, en las intitulaciones de los reyes castellano-leoneses, poniéndose el título de reyes de Toledo incluso antes que el de reyes de León (3).

 Más adelante, posiblemente desde el siglo XV, por una razón que aún está por determinar, el reino de Toledo cambio su nombre, y no es raro ver escrito en mapas y obras geográficas de los siglos XVI al XVIII el nombre de Reino de Castilla la Nueva. A vista de todo esto, dicho sea con la poca pasión de que se dispone sobre este tema desde donde escribo, el cambio de nombre que sufrió la Región en los años del posfranquismo no tuvo mucho sentido. ¿Que las fronteras pudieron cambiar con los tiempos? Ciertamente, pero ¿Acaso por su cambio en el silueta sobre el mapa cambiaron su nombre Alemania, Polonia, Francia…?

A pesar de su largo bagaje, ninguna de las Comunidades Autónomas surgidas en la Transición, ha tenido más complejo de inferioridad a este respecto, y más ha insistido en su propio carácter ahistórico como esta. Sea como sea, pero teniendo presente todo lo señalado, hoy quiero celebrar el Día de Castilla-La Mancha; un día como otro cualquiera, sin música ni repiques de campanas ni fuegos artificiales ni verbenas, pero en el que celebramos (deberíamos celebrar) que una región antiquísima, compuesta por decenas de comarcas históricas, un 31 de mayo se reunió por primera vez en cortes particulares. No fue por ello un apaño entre desconocidos, como se ha insistido -no acabo de entender por qué- sino un reencuentro entre paisanos con diferentes acentos y dejes, un reencuentro histórico que debería haber conducido a una intensa búsqueda de lugares comunes desde entonces, pero que se ha quedado más en lo que nos ha separado que en lo que nos une.

Notas:

(1) Andalucía hoy es el resultado de la suma de las ocho provincias meridionales creadas en 1833 en las que se trocaron municipios con Extremadura, Castilla la Nueva y Murcia. Previamente, el topónimo Andalucía fue bastante ambiguo, pues se refería principalmente a la Andalucía Occidental, y más concretamente al reino de Sevilla. En una de las cantigas de Alfonso X, se considera a este «rei, e da Andaluzia [e] dos mais reinos que ý son» (Montoya, 2001:64), refiriéndose a los reinos de Jaén, Córdoba e incluso a Murcia. El reino de Granada no se consideró siempre Andalucía, y en ocasiones se contrapone Andalucía a Granada, si bien hoy no cabe duda de la no diferenciación entre una y otra.

(2) profesor Espadas Burgos, ha insistido en la idea de la identidad de la Región no como una suma aleatoria de provincias decimonónicas sino en la de comarcas. (Espadas, 1984: 7-19), (Espadas, 2007: 4-5).

(3) No es difícil seguir la intitulación de los reyes castellanos a través de la documentación histórica, por ejemplo a través de los cuadernos de Cortes, de modo que, al menos desde Alfonso X a Juan I, tras el título de rey de Castilla suele aparecer el de Toledo, siempre referido este a la región (reino en este caso) del Mediodía Castellano y no solo a la ciudad de este nombre.

Bibliografía:

BONO MARTÍNEZ, José. Discursos (1983-1995). Toledo: Servicio de la JCCM, 1995.

ESPADAS BURGOS, Manuel. “Castilla-La Mancha” [presentación] en La aventura de la Historia. nº 4 extra (2007), pp. 4-5.

ESPADAS BURGOS, Manuel. “Rasgos de una identidad histórica” en VVAA. La Cultura en Castilla-La Mancha y sus raíces. s.l.: Fundación de la Cultura de Castilla-La Mancha, 1984, pp. 7-19.

FUERO, Antonio. Examen crítico de la respuesta apologética de Molina vindicada. Madrid, Imprenta de Manuel Martín, 1767. BNE 2/472.

JIMÉNEZ PUGA, Eustaquio. “El Estatuto de Autonomía de Castilla-La Mancha. Debates parlamentarios: su reflejo en la prensa” en  I Congreso de Hª de Castilla-La Mancha. Talavera: Servicio de Publicaciones de la JCCM, 1988, tomo X, pp. 427-453.

LUCAS PICAZO, Miguel. “Procesos de identidad en Castilla-La Mancha” en GRACÍA BRESÓ, Javier (Coord.) Cultura y pertenencia en Castilla-La Mancha. Madrid: Celeste ediciones, 2000.

MONTOYA, Jesús. “Historicidad del cancionero marial de Alfonso X” en  Medievalismo: Boletín de la Sociedad Española de Estudios Medievales. nº 11 (2001), pp. 59-76.

MORENO MORENO, Andrés J. La construcción social de la identidad: una interpretación antropológica-cultural de Castilla-La Mancha. Tesis doctoral. Madrid: UCM, 2013.

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