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Alialdea

Europa, Europa

09/05/2019

Así se llamaba un programa que, cuando el escribiente era más joven, a punto de entrar España en la antigua CEE, nos acercó a los telespectadores de la España todavía gris del posfrancquismo a la realidad en color de la Europa cispirenaica. Lo presentaba, si no recuerdo mal, un todavía joven Pedro Erquicia, y lo encabezaba, curiosamente, el tema de Philip Glass, “A Gentleman’s Honor”,de su obra escénica The photographer.

Quizá fue cuestión de mi imaginario infantil de entonces, al ser presentado todo como una oportunidad de enorme relevancia para los habitantes de este país aún ultramontano, pero aquello de Europa me gustó, glosado por los comentarios siempre agudos e ilustrados de mis padres, personas de pueblo que siempre han intentado estar muy atentos a la actualidad y que jamás se han quedado con una sola opinión para abordar su realidad.

En esta ocasión no hablaremos de la PAC o, en profundidad, de los programas llegados de Bruselas para el desarrollo rural (LEADER, PRODER); me reservo mis opiniones acerca de estas cuestiones que, en ocasiones, han ido apagando la llama de esperanza que se creó en aquellos años. La despoblación rural, el vaciamiento de los pueblos, como único resultado aparente hasta el momento de unas políticas cuya buena intención es indudable (otra cosa es cómo y quiénes las implementan), no pueden sino erosionar la fe hasta en los ideales más altos.

Europa en el siglo XX
Imagen de Mabel Amber, en Pixabay 

Prefiero hablar de lo que para mí, como hombre rural, supone ser también ciudadano europeo, el orgullo de formar parte de un constructo social y cultural que, si bien formalmente posee apenas seis décadas, siempre ha estado ahí.

Efectivamente, para mí, lo que celebramos hoy, aparte del discurso de la crucial declaración del ministro de Asuntos Exteriores  Robert Schuman, es una especie de comunión con alrededor de 600 millones de personas que habitan en este viejo espacio que, a pesar de nuestras diferencias lingüísticas, nos sentimos parte de un todo cocinado a fuego lento durante miles de años. Como comentaba en el artículo anterior, existe un fenómeno cultural que me fascina: cómo, independientemente de las distancias geográficas y culturales, los seres humanos que hemos vivido en este extremo del poniente del mundo hemos compartido durante siglos costumbres, tradiciones, ritos muy parecidos que, apenas nos sumergimos en ellos, denotan idénticos códigos semióticos.

Hay quienes explican estas semejanzas debidas a que los seres humanos (que nos llevamos entre nosotros el canto de un euro, a pesar de nuestras –aparentes- diferencias irreconciliables) actuamos todos del mismo modo ante circunstancias idénticas. Por ejemplo, la elección del sol y la luna como deidades o al menos como símbolos que identifican a las deidades, ha sido una constante a lo largo de milenios. Afinando un poco más en ello, vemos como las dos lumbreras mayores se han reconocido tradicionalmente como los masculino (Sol) y femenino (Luna).

Sin embargo, en mi opinión, aparte de las relaciones entre regiones muy distantes entre sí, que han existido mucho más de lo que se suele admitir, parece que han existido una serie de estratos culturales comunes que han permanecido pese a su dispersión progresiva a lo largo de los siglos. Hablamos, por ejemplo, de la cultura celta, que se extendió desde Europa Central hacia oriente y occidente dejando topónimos y gentilicios de una similitud que no deja de sorprender: Galitzia en los Cárpatos , Galatia en Asia Menor, Galia en las actuales Francia, Bélgica, parte de Suiza, Alemania e Italia, y Galicia, Portugal, Gales, Na Gaeil en los finisterres europeos.

Extensión de topónimos de lugar mayor y gentilicios en Europa relacionados con los celtas.

Algo así habría ocurrido con el Imperio Romano que, de un espacio puntual de la península Itálica, pasa a ocupar todo el Mediterráneo e incluso parte de Gran Bretaña. Roma no dejó de imponer sus criterios, pero su eclecticismo, al menos en su época  clásica, fue proverbial. Roma, en algunos lugares dejó una huella imborrable, en otros un somero barniz.

Cuando llega el cristianismo y se extiende por todo el continente, este pasa a identificarse con una entidad nueva llamada, precisamente, la Cristiandad. Es cierto que, según avanzan los siglos, la atomización política que conlleva el feudalismo supondrá también una cada vez más localizada (localista) realidad social; sin embargo, la red de provincias eclesiásticas, arzobispados, obispados, parroquias, monasterios y conventos  supondrá una innegable unidad cultural. También son conocidas las redes de comunicación de las importantes minorías religiosas judía y musulmana, lo cual también contribuyó también a dotar de un sentido de unidad a Europa.

El cisma de Oriente primero (1054) y las Reformas protestante y católica después (siglos XVI-XVII), no cabe duda que supusieron una profunda conmoción, puesto que, aparte de que conscientemente tratan de diferenciarse unos grupos humanos  y  de otros, con ellas se abolen costumbres, fiestas, rituales comunes milenarios que se creen pertenecientes al enemigo y, por ello, irreverentes y contrarios a los nuevos vientos religiosos que se respiran.

Con todo, Europa, más allá de creencias, tendrá un Barroco que inundará con sus formas sinuosas todo el continente en todas las artes; a este le sucederá el sobrio y racional Neoclasicismo, con el que se vuelve la mirada a Grecia y Roma, como (en parte) madres de nuestra cultura; el Romanticismo, con sus manifestaciones más virtuosas en la música y la literatura y, de algún modo, con el que Europa comenzará a redescubrir su pasado. La inquietud intelectual europea no se detendrá; en la transición de los siglos XIX al XX se encontrarán nuevos y cada vez más desafiantes estilos: el impresionismo, el simbolismo, el expresionismo, el cubismo, el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo…

Dos Guerras Mundiales, y entre ellas la Guerra Civil Española, dejan marcada a Europa:  el sueño de la razón produce monstruos, como diría aquel aragonés afrancesado  (europeísta en el fondo). Y de aquellos fracasos colectivos nace la idea de convertir una idea abstracta en una entidad política con el discurso de Schuman tal día como hoy hace 69 años, al que seguirían los Tratados de Roma y la creación de las Comunidades Europeas, que en 1992 pasarán a conformar una organización internacional con carácter político llamada Unión Europa.

Comisión Europea. Bruselas.
Imagen de Jai79 en Pixabay 

Paralelo a este proceso de unión, hay otro que atañe directamente al medio rural que nace con el surgimiento de una Política Agraria Común (1959-1962) y que tiene momentos más o menos brillantes.  Así llegará la Declaración de Cork, “Por un mundo Rural vivo”, resultado de la Conferencia Europea sobre el Desarrollo Rural celebrada en dicha ciudad irlandesa en 1996, que incidía en aspectos como la prioridad del medio rural en las políticas europeas, la dignificación de las comunidades rurales, la diversificación o la subsidiariedad (participación ciudadana de aquellas en su propio destino). Para mí fue un voto de confianza  de las instituciones comunitarias hacia el habitante de la Europa rural y, he de confesarlo, una de las razones para seguir habitándola.

Su secuela, la Declaración de Cork 2.0 (2016) se titula “Una vida mejor en el medio rural”, e insiste en los temas anteriores y en aspectos como la innovación, la contribución a la acción contra el cambio climático y la preservación y fomento de la identidad rural.

Su secuela, la Declaración de Cork 2.0 (2016) se titula “Una vida mejor en el medio rural”, e insiste en los temas anteriores y en aspectos como la innovación, la contribución a la acción contra el cambio climático y la preservación y fomento de la identidad rural.

Corck. Irlanda.
Imagen de adem05110 en Pixabay 

Desde luego, estas declaraciones no han pasado de la buena intención, al menos desde donde escribimos, pero son bocanadas de aire fresco para el ciudadano europeo rural que no deberían quedarse en papel mojado. Al fin y al cabo, antes que celta, romana o cristiana, ilustrada o romántica, vanguardista o pop, Europa ha sido y sigue siendo rural, a pesar de sus cada vez más escandalosas cifras de despoblación. Y sin embargo, si es que existe algo parecido a una identidad Europea, esta se conserva  en buena parte en los pueblos y aldeas de este viejo continente y que de la supervivencia de esos rescoldos depende el futuro de nuestra sociedad y de sus valores.  Europa será rural o no será.

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