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Alialdea

El retornado

22/03/2019

Fue al poco tiempo de volver al pueblo, allá por febrero de 2001, momento en el cual  tuve la oportunidad de comprobar la crudeza de la vida, sin planificar, en el medio rural. Una cosa era venir todos –todos- los fines de semana, para marchar el lunes a la ciudad y otro quedarse aquí para siempre,  previsiblemente.

Entonces yo estaba equivocado completamente con el concepto de vivir en el pueblo, y eso que creía conocerlo bien. Hay personas –yo entonces- que creen que la gente que vive en los pueblos pasa su vida en ellos, sin moverse de allí física o de forma virtual, aunque  la Sociología Rural lleva años advirtiendo que esto no es así, ni mucho menos.

Durante los primeros meses de mi estancia en el pueblo acudía asiduamente a la tienda de Jesús, y en ella hablábamos de todo, especialmente del futuro del pueblo. Unas veces las conversaciones tomaban derroteros decididamente optimistas, basados en las posibilidades que abría Internet para el medio rural, de las posibilidades de negocios sin dejar de residir en él que las comunicaciones terrestres y telemáticas permitirían en unos pocos años. Otras veces las perspectivas eran claramente bajistas: la despoblación, debida al escaso interés de los políticos por el medio rural, haría desaparecer en pocos años, con suerte en pocas décadas, todos los pueblos de la comarca.

Niebla

Por aquel entonces todavía venía la prensa al pueblo. Hoy ya no, pero entonces sí que venía, sí. Como muchos días, había ido a la tienda con la excusa de que se me había olvidado comprar algo. Sal, un pimiento, una docena de huevos, o media, aunque en realidad buscaba, de forma mal disimulada, conversación. Era lunes. Nada más llegar, Jesús me dijo: “Estúdiate esto”. Se trataba de un número de El País Semanal con un jovencísimo Alejandro Amenábar en la portada. Entre los titulares, uno que llamaba en seguida la atención: “Pueblos vacíos, pueblos llenos.  El espectacular cambio de la vida rural entre el invierno y el verano”. Lo firmaba Rafael Ruiz.

Hoy, que he tenido que venir a Madrid a la Biblioteca Nacional a consultar unos libros, he aprovechado para volver a leer aquel artículo que tanto me marcó. Toda una lección de mundología. Lo vuelvo a leer y me vuelve a impresionar la lección de Luis, un vecino de Orbaneja (Burgos), que tras irse a vivir al pueblo desde Bilbao  y abrir un establecimiento rural declaraba:

“Todo el mundo me pregunta si me gusta esto, que si echo de menos la ciudad, Bilbao. Yo no sé qué decir. De algo hay que vivir. Tampoco en Bilbao salía todos los días. Llegaba a casa tan cansado del trabajo que tampoco salía después. Sí echo de menos los sábados por la noche. Lo que a veces sí me da miedo es perder el ritmo, que como no tengas algo que hacer un día te relajes demasiado. Ves a mucha gente en los pueblos que se ha dejado mucho”. (Ruiz, 2001: 69)

A veces, la vida en el pueblo puede parecer un laberinto. Monells (Girona)

Aquel hombre estaba resumiendo varias de las inquietudes que cualquiera puede tener en un pueblo: el miedo a perder el ritmo, el miedo a quedarse atrás en la actualidad, el miedo incluso a dejarse. Las comparaciones son inevitables: “Antes, en la ciudad yo hacía aquello pero no podía hacer esto, ahora hago esto pero no puedo hacer aquello”.

Sin embargo, como en una sinfonía clásica, el autor, que había dejado al espectador inquieto en una tonalidad inestable, regalaba a este un regreso a la dominante. Era los testimonios de Fernando y José Antonio:

“No echo de nada de menos, la verdad. Y si lo echo –decía Fernando- , pues me voy a Burgos, que está a 45 minutos. Con el coche no hay problema. Pero ahora el ruido hasta me molesta ya. Aquí se está bien”.

“Siempre hay algo que hacer -decía José Antonio-. Limpieza general. Hacer leña. Salir al campo a coger setas. O juntarse la gente joven para tomar un chupito. Sí que notas que a veces falta algo. No de entretenimiento, porque para eso están los vídeos y los libros. Pero, sí por ejemplo, la sanidad; aquí solo viene la médica una vez a la semana, los lunes. Yo, por ejemplo, a Fernando le veo cada vez más centrado, más a gusto; le ves cómo le va cogiendo el ritmo al pueblo, que al principio no es fácil.”

Aquellas palabras, ponían orden al desbarajuste de sentimientos que habían hecho que comenzara a maldecir al pueblo, su tranquilidad y el supuesto retorno a las raíces. Aquellas declaraciones de tres personas rurales que, como la inmensa mayoría de nosotros, habían tenido una vez u otra en la vida la posibilidad de comprobar por sí mismos la diferencia entre la vida en la ciudad y la vida en el campo, eran un bálsamo para las heridas del joven retornado.

Y fue a partir de ahí que comencé calcular las distancias a las ciudades que me rodean en minutos y no en kilómetros. A verlas como lugares a los que visitar, no en los que vivir. A concebir mi pueblo como mi propio centro de operaciones (lo que dista de imaginarlo como centro del mundo). A jamás dejar de ir arreglado, y por supuesto aseado, a pesar de que haya días que no salga de casa, ni vea a un alma en la calle. A estar en permanente contacto con personas del pueblo y de fuera del pueblo. A tener reuniones y compromisos con todo Cristo, bien cara a cara, bien online (ayer, por ejemplo, con la profe londinense de inglés, Alice). Y a no dejar de aprender ni de formarme jamás.

Soledad que espera compañía, no es soledad.

Alguien dirá que huyo de algo, de la soledad del pueblo quizá. No obstante, en estos años también he conocido personas de ciudad que, como yo cuando vivía allí, se sientan en la cama al terminar el día y se preguntan: “¿Y hoy, con quién he hablado yo?” Todavía, desde que vivo en el pueblo, no me ha vuelto a suceder eso.

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