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Alialdea

El hombre que plantaba árboles

21/04/2019

Estamos en una época del año en la que, especialmente en estas altitudes, nos lo jugamos todo. Se juntan tres días importantes en poco espacio de tiempo: San Jorge, San Marcos y la Cruz de Mayo. “Jorgete, Marquete y Crucete”. Tras pronunciar estos tres nombres, cargados de ironía, los ancianos hacían un gesto exagerado de guasa, emitían un ronquido o una risa de sorna, porque sabían cómo se las gastan estos tres días del calendario tradicional. En ellos, con fama de traicioneros, es común una helada o una nevada a destiempo que puede malograr algunas cosechas, apenas saledizas, especialmente los frutales.

Coincidencia o no, en estos días la sociedad actual también celebra algunas fechas muy importantes como son el día de la Madre Tierra (22 de abril) y el día del Libro (23 de abril). El primero como llamada de atención a la fragilidad del planeta que habitamos y el segundo dedicado a la difusión de la lectura, ese acto de introspección, de soledad buscada, tan difícil a veces de hallar en estos tiempo.

Ni que decir tiene que, como el resto de fechas del año, estas me encantan. Por ello me ha parecido interesante dedicar una entrada a ambos días recomendando un libro que siempre me ha fascinado. Propiamente, podría considerarse un relato corto, pues su lectura no supera la media hora (según la velocidad de lectura de cada uno, que sobre eso nadie tiene potestad, y, como en todo, la velocidad no es necesariamente signo de destreza). Se titula El hombre que plantaba árboles y su autor Jean Giono (Manosque-Francia, 1895-1970).

Pese a la brevedad del relato, Giono permite al lector disfrutar de una acción tranquila, meticulosa y por necesidad lenta, como es el crecimiento de un árbol, de un bosque, de toda una masa vegetal que acaba cubriendo una enorme extensión de tierra por la acción de un solo individuo, en este caso un pastor que por en sus solitarias trasnochadas se dedica a seleccionar bellotas de encina y por el día, mientras su corto rebaño pastea se ocupa en plantarlas.

El relato comienza con la descripción de un paisaje agreste, desértico, casi impropio de la idílica Provenza, en la que se localiza la acción. El paisaje es francés, desde luego, pero puede pertenecer a cualquiera de nuestros paisajes mediterráneos de montaña, sobreexplotados durante siglos por la ganadería y la tala de árboles. El hambre no ha dejado muchas veces otra opción. Cuando leí por primera vez este librito (1) rápidamente se me representaron algunos de los paisajes familiares para mí.

El autor contempla aquel paisaje constantemente azotado por un viento violento,  inhabitable, habitado por seres humanos monstruosos:

“Son lugares donde se vive mal; en las garras de la exasperación. Las familias viven unas en contra de las otras, en un clima hostil, de rudeza excesiva, ya sea en el verano o en el invierno, viven amagando su egoísmo, aún más, por la irracional desmesura en un deseo de escapar de este ambiente”.

Así describe Giono su primer encuentro con el paisaje al que retornará una y otra vez, al que llega hacia 1910. Es en ese momento en el que se encuentra con, que así se llama el protagonista del relato, el hombre que plantaba árboles. Bouffier es pastor y vive solo, pese a eso ni su cabaña ni sus pertenencias ni su vida presentan rastros de desorden. No es el buen salvaje tampoco.  Eleazar Bouffier tiene pasado, y su retiro, así como su propósito en la vida, parecen producto de ese mismo pasado. Nuestro hombre, más que un ser natural, al que todos habríamos admirado enseguida, es un ser que ha alcanzado la sabiduría a base de vivir la vida, y había llegado a la conclusión de que, pese a su soledad y su silencio, la mayor expresión de humanidad era contribuir al bienestar de otras personas: “Había juzgado que este país se estaba muriendo porque le faltaban árboles.”

Es a partir del momento en el que alcanza este convencimiento cuando Bouffier se dispone a remediar el mal radical que aqueja a aquel país. Sabemos que en Francia la palabra pays no siempre alude a una nación, a veces ni siquiera a una región. Quizá comarca podría ser una buena traducción en este caso. A veces su labor es descrita como “como una gota en el mar”, y sabe que tan solo un pequeño porcentaje de su trabajo dará el resultado deseado, pero aun así continua cada noche seleccionando bellotas, haciendo viveros con pequeños plantones y experimentando con diferentes tipos de árboles en función de la cualidad de cada terreno. Bouffier, en su sabiduría, que el alcance de las metas personales se basa en la constancia.

Encinar. Foto: Josep Montaner

En unas cuantas décadas el resultado comienza a ser visible y es aquí cuando Jean Giono, nuestro autor, se echa una risotada a gusto a costa de estupidez de la política, de la tecnocracia y de la burocracia:

“En 1933 recibió la visita de un guarda forestal atolondrado. Este funcionario le advirtió [a Bouffier] de no provocar fuegos a la intemperie, ya que podría poner en riesgo el bosque ‘natural’ (…). En 1935, todo un delegado de la Administración vino a examinar ‘el bosque natural’. Había con él un personaje importante del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado y técnicos. Se pronunciaron muchas palabras inútiles. Se decidió hacer algunas cosas y, afortunadamente, no se hizo nada; excepto por una medida verdaderamente útil: se puso el bosque bajo la salvaguarda del Estado, y se prohibió hacer carbón.”

Nada de esto parece perturbar ni la paz ni el trabajo de nuestro hombre que plantaba árboles. Porque a él no le importa que se reconozca su trabajo, ni siquiera que se conozca su propio paso por la existencia. Solo importa que en varias décadas la vida vuelve a aquel territorio en forma de manantiales que recobran su venero y parejas jóvenes que ocupan casas antaño reducidas a escombros. El narrador, que regresa una vez más para visitar a Eleazar, llega esta vez con un amigo suyo perteneciente al departamento forestal que, aunque da una sugerencia al plantador de árboles, reconoce que “este buen hombre sabe mucho más que yo…, sabe mucho más que todo el mundo”.

Todos y todas tenemos mucho que aprender de este librito lleno de una filosofía que no era desconocida en nuestros pueblos; que aún yo diría que se puede hallar en ellos.  La constancia, el provecho desinteresado, el anonimato en el buen hacer. Valores que hoy, en el tiempo de las redes sociales, de la búsqueda de la fama a toda costa, del dinero rápido como objetivo fundamental, de la política a golpe de foto, de la técnica como único recurso ante los retos humanos, resultan tan difíciles de encontrar. ¡Feliz día de la Madre Tierra, feliz día del Libro!

Nota:

(1) El primer acercamiento a este libro lo tuve hace unos 15 años, gracias al obsequio por parte de Pilar Sanz. Ella tiene por costumbre regalar este libro como agradecimiento o deferencia a personas que aprecia. Un buen regalo, una hermosa costumbre.

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