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Alialdea

Disciplinantes. La religiosidad popular en el pasado rural

19/04/2019

En estos días ando liado con la cosa de la Semana Santa. En los pueblos nos toca hacer de todo, y ahora corresponde una serie de operaciones consistentes básicamente en poner la iglesia patas arriba, colocar en las andas pasos  que habitualmente permanecen en sus hornacinas durante todo el año, limpiar objetos que no suelen verse en el día a día, montar armazones de madera ensamblados con tornillos y tuercas seculares que, una vez revestidas de diferentes palios y adornados con flores, cambian eventualmente el aspecto general del edificio.

El resultado, al menos para nosotros, es considerable, más aun teniendo en cuenta que es un trabajo llevado a cabo hoy en día, sobre todo, por personas mayores (a veces muy mayores). Cada año que pasa es más complicado organizar estas movidas, valga la expresión, de modo que, una vez cumplimentadas, todo adquiere un marchamo de última vez, que a veces pone un nudo en la garganta: un ejemplo del peligro de extinción que corre la cultura inmaterial en el medio rural a causa, principalmente, de la despoblación.

Estoy en estas operaciones cuando vuelvo a fijarme en uno de los detalles del sobrio retablo renacentista del Cristo de la Vera Cruz; un flagelo y un abrojo (1) pintados al óleo en la basa de una de sus columnas. Instrumentos de la Pasión que caracterizaban este tipo de cofradías que abundaban en casi todos los pueblos de España, con diferentes nombres pero idénticos propósitos y manifestaciones piadosas. Efectivamente, aunque hoy nos parezca una barbaridad, en el pasado la Semana Santa era uno de los momentos del año en el que era frecuentísimo hallar en la España rural (y no rural) procesiones de disciplinantes.

Su origen parece estar en el siglo XIII, momento cumbre del ÓptimoClimáticoMedieval (2), y por ello, periodo a partir del cual comenzó a notarse una mutación en el clima, en las cosechas, en la economía, en la cultura y el pensamiento; en la sociedad toda.  Algo que abocaría a la enorme crisis del siglo siguiente. El fenómeno de los disciplinantes tiene sus inicios, al parecer, en ciertas procesiones auspiciadas por las órdenes mendicantes  cuyo tema central era la rememoración e imitación de sufrimiento de Cristo en la pasión para expiar los pecados del mundo.

Parece ser que ya San Antonio de Padua (1195-1231) habría acompañado sus prédicas con procesiones de disciplinantes (Herrero, 1999: 31), mientras que  otros hablan de un tal fray Rainiero Fasari como uno de los promotores de tales prácticas allá por la sexta década del siglo XIII, coincidiendo con un ambiente social enrarecido ya, en el que se comienza a observar al clero como un estamento corrompido por las riquezas y el pecado, y al que se pretende superar por parte del pueblo en la comunicación con Cristo por medio del sufrimiento corporal, emulando su sufrimiento (Bertoldo y Lorusso, 2009: 418-420).

Estos planteamientos, simples, pero al mismo tiempo sostenidos en un programa teológico innegable, no dejaron indiferentes ni a los poderes civiles, que pronto prohibieron estas sangrientas procesiones en las que participaban centenares de personas, hombres y mujeres (Thompsom, 2005: 101) ni, por supuesto, a los poderes eclesiásticos a los que se señalaba directamente como responsables de un incipiente malestar, mucho nos tememos, relacionado ya directamente con la subsistencia (Sánchez, 2015).

“Y como la gente no sabía qué hacer ni qué remedio encontrar en aquella ocasión, sino que muchos creían que se trataba de un milagro y de una venganza de Dios por los pecados del mundo, sucedió que algunos empezaron a hacer penitencia y a demostrar una gran devoción. Entre otros, la gente de Alemania empezó a recorrer el país en grandes grupos, llevando crucifijos, estandartes y grandes banderas, como procesiones, e iban por los caminos de dos en dos, cantando en voz alta canciones de Dios y nuestra Señora con ritmo y armonía, y luego se recogían en algún lugar y se quitaban la camisa dos veces al día y se azotaban cuanto podían con correas y látigos con incrustaciones de hierro, de forma que corría abundante sangre por sus espaldas (…) (Comby, 2007: 192).

Así pues, en el siglo escaso que media entre las primeras manifestaciones de flagelantes y la Gran Peste (c. 1348-1352), se observan decretos reales que prohíben estas procesiones; bulas papales que condenaban con la excomunión a todo aquel que exhibiera públicamente su dolor so pretexto de piedad. Sin embargo, cebe pensar que el sufrimiento que llegó a experimentar la población europea desde finales del siglo XIII y a lo largo del siglo XIV fue tanto y tan intenso, y el arraigo de los movimientos flagelantes tan fuerte, que este fue imposible extinguir. Ante esto, solo cabía la posibilidad de reglar la flagelación, incorporarla a la piedad canónica por medio de la tutela de las órdenes religiosas, especialmente mendicantes y predicadores, que las habían iniciado, órdenes ya plenamente aceptadas en el seno de la iglesia, y cofradías perfectamente controladas por ella.

Escena de la llegada de los flagelantes en El séptimo sello de Ingmar Bergman (1957)

Parece ser que en los reinos y señoríos hispánicos la práctica de la flagelación no fue tan representativa en la Edad Media como en el resto de Europa. No obstante, uno de los episodios en los que se observa la flagelación en la Península Ibérica se da a principios del siglo XV, durante las predicaciones del dominico fray Vicente Ferrer.  Se acompañaban “los duros golpes con suaves cánticos de letanías y otras devociones”. También se habla del canto de un sacerdote en estas procesiones que, con un ritmo lento y triste, entonaba: “En honor de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y por la remisión de los Pecados… Señor Dios, misericordia”; incluso se conservó la letra de un cántico atribuido al propio santo que, entre otras cosas decía:

¡Qui, dons, se porà excusar

de for-ment disciplinar,

si vol en Jesús pensar

tan delicat como ell era!


(Sanchis, 1896, 180)

Sin embargo, es  especialmente en el siglo XVI cuando se comienza a observar  en el contexto de algunas cofradías penitenciales una extensión de los flagelantes (en España llamados disciplinantes). Tanto en las cofradías de la Vera Cruz, especialmente arraigadas en la Corona de Castilla, como las de la Sangre de Cristo, fundadas sobre todo en la Corona de Aragón, registraron en sus ordinaciones la disciplina como parte de sus prácticas piadosas (Labarga, 1999: 382). Otras de las funciones de estas cofradías fueron la asistencia mutua ante la pobreza y la enfermedad, el entierro digno de los cofrades  y – muy importante para ellos- la oración y las misas de sufragio por los difuntos de las hermandades.

Vuelvo al trasiego. El ir y venir de personas llevando varales, martilleando maderas, moviendo bancos o limpiando con extremo cuidado el polvo a hermosas tallas renacentistas y barrocas representadas con rostros afligidos y sobrerrepresentación de la sangre. Observo el Cristo del pueblo, un cristo de la Vera Cruz, con el cuerpo completamente  lacerado, crucificado en un madero verde, que al parecer solía ser el color elegido por estas cofradías para representar la cruz. Observo, al mismo tiempo, en el encuentro de los dos gruesos  listones que componen dicha cruz, por detrás, un escudo blanco con las Cinco Llagas. Por aquí, quizá, pasaron los franciscanos, que desde su convento de Molina se movían por todo el Señorío haciendo cuestaciones, predicando en los días más señalados del año y muchas veces haciendo fundaciones de este tipo. Quizá (3). 

Salgo a la luz de abril que ilumina el atrio de la iglesia, cementerio parroquial que lo fue hace doscientos años. Lo que está claro es que en esta placeta, por las calles del pueblo, de miles de pueblos en toda España, se pudo contemplar durante siglos una práctica para nosotros cruel y extraña, que para los vecinos de nuestros pueblos era una cuestión consabida, habitual y lógica. Concretamente en este pueblo he podido contabilizar en una procesión celebrada en más de sesenta disciplinantes en el año de 1681, todos varones, con edades comprendidas entre los 15 y los 60 años. Aquellos Jueves Santos debían de ser una mezcla de fervor religioso, efectismo y mórbida expectación. 

Así al menos comenzó a verse desde el siglo XVIII, en el que la disciplina, tan habitual ya en las costumbres cristianas hispanas, volvió a ser cuestionada desde la propia Iglesia, en esta ocasión atacándola no solo con normas coercitivas y prohibiciones, sino con una de las armas más potentes que existen: el humor. El P. Isla en su Fray Gerundio de Campazas (1758) satiriza de este modo la tradición de la disciplina:

 “Y la verdad, mirada la cosa con ojos serenos y sin pasión, un disciplinante con su cucurucho de a cinco cuartas, derecho, almidonado y piramidal, su capillo a moco de pavo, con caída en punta hasta la mitad del pecho (…) con su almilla blanca de lienzo casero, pero aplanchada, ajustada y atacada hasta poner en prensa el pecho y el talle; dos grandes trozos de carne momia, maciza y elevada, que se asoman por las dos troneras rasgadas en las espaldas divididas entre sí por una tira de lienzo que corre de alto a bajo entre una y otra, que, como están cortadas en figura oval a manera de cuartos traseros de calzón, no parece sino que las nalgas se han subido a las costillas, especialmente en los que son rechoncho y carnosos; sus enaguas o su faldón campanudo, pomposo y entreplegado.

“ (…) Contémplese finalmente como empieza a brotar la sangre que en algunos, si no es en los más, parecen las dos espaldas dos manantiales de pez que brotan leche de empegar botas; cómo va salpicando las enaguas, se distribuye en canales por el faldón; cómo le humedece, cómo le empapa hasta entramparse en los pernejones del pobre disciplinante; y dígame con serenidad el más apasionado contra las glorias de Campos si no hay en el mundo espectáculo más galán ni más airoso, si puede haber resistencia para este hechizo, y si no tienen buen gusto las mozanconas que se van tras los penitentes como los muchachos tras los gigantones y la tarasca del día del Corpus (…)”

Parece ser que el propósito del P. Isla de terminar con estas procesiones por medio de su ridiculización, como algo propio de un fervor inculto, se cumplió en buena parte. Pronto se hallarán mandatos emitidos por el episcopado ilustrado y reales cédulas que prohíban las procesiones de disciplinantes y empalados, cuestionando la verdadera voluntad penitencial de los que protagonizaban dichas prácticas. No obstante la repetida emisión de cédulas con este contenido  hasta en cuatro ocasiones a lo largo de once años (1777, 1778, 1780 y 1788) (4), habla de lo difícil que debió de ser desarraigar esta costumbre, a pesar de que se venía cuestionando por parte de los propios pueblos, donde se pagaba a las cofradías para evitar ser hermano de sangre, o donde simplemente ya se estaba abandonando por parecer anticuada y fuera de lugar. Así, se ha propuesto que la desaparición de los disciplinantes se dio entre las décadas de 1740 a 1790 (Sainz y González, 1986: 133), aunque parece ser que aún en 1815 Fernando VII volvió a prohibir este tipo de procesiones.

Procesión de disciplinantes. Francisco de Goya (1814-1816)

Con todo, otro documento, gráfico en esta ocasión, permite hacer un seguimiento de la pervivencia de la disciplina en las procesiones de Semana Santa, el cuadro de Goya Procesión de disciplinantes, pintado entre 1814 y 1816, y que representa, sin duda con el ánimo de denuncia, una al parecer ya muy empobrecida procesión, con apenas cinco penitentes azotándose, lo que podría sugerir que la práctica disciplinante, aun fuera de la legalidad, de la observancia y de la propia opinión pública, pudo llegar a alcanzar la primera mitad del siglo XIX, aunque existen algunos casos muy aislados, como en San Vicente de Sonsierra (La Rioja) donde todavía se puede asistir a esta costumbre todos los Jueves Santos.

 Ignoro si todo lo explicado sería el caso del lugar desde el que escribo, muy habitualmente ventilado por los aires de la actualidad de los tiempos, pero no cabe duda de que no andarían muy distantes las tendencias predominantes en el resto del medio rural español, ni en el comienzo de aquellos movimientos ni al final de los mismos. En el campo, como en todas partes, también ha regido siempre la máxima clásica: ¡O tempora, o mores! A cada tiempo sus costumbres.

Notas:

(1) “En las disciplinas, de los que por devoción se azotan, ponen unos abrojillos de plata, con que se sacan mucha sangre”. (Covarruvias).

 (2) Nos referimos al denominado Óptimo Climático Medieval, que se calcula pudo durar entre el 800-1300 d. C., y se caracterizó por ser un periodo cálido que se caracterizó por una extensión de cultivos a áreas incluso hoy improductivas.

(3) La relación de las cofradías de disciplinantes con los franciscanos fue estudiada por Meseguer (1968: 203).

(4) Reales cédulas de 20 de febrero de 1777; 24 de marzo de 1778; 21 de julio de 1780 y 20 de noviembre de 1788.

Bibliografía:

Bertoldo Lenoci, Liana y Rorusso, Rosa “El movimiento y la iconografía de los flagelantes en Italia” en José-Andrés CASQUERO FERNÁNDEZ (Coordinador) Actas IV Congreso Internacional de Hermandades y Cofradías de la Vera Cruz, Zamora 25-27 septiembre de 2008, Cofradía de la Santa Vera Cruz, Zamora, 2009, pp. 417-437.

Comby, Jean. La Historia de la Iglesia. Desde los orígenes hasta el siglo XXI. Estella: Editorial Verbo Divino, 2007.

Isla, José de. Fray Gerundio de Campazas, edición digital (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes) a partir de la de Madrid: Imprenta de Gabriel Ramírez, 1758 y cotejada con la edición de Russell P. Sebold Madrid: Espasa Calpe, 1992, 3.ª ed.)

Labarga García, Fermín “La devoción a las Cinco Llagas y la Sangre de Cristo en las cofradías de la Vera Cruz” en Zainak, 18 (1999), pp. 381-392.

Meseguer Fernández , Juan “Las cofradías de la Vera Cruz. Documentos y notas para su historia” en Archivo Ibero Americano, nos 109-110 (1968), pp. 199-213.

Sainz Ochoa, Manuel y González Blanco, Antonio “Aproximación al fenómeno de los disciplinantes en La Rioja. Siglos XVI al XVIII” en Segundo coloquio sobre historia de la Rioja, Logroño 2-4 de octubre de 1985, vol. 2, Colegio Universitario de  La Rioja, Logroño, 1986, pp. 127-137.

Sánchez Crespo, Ángel. El general que se alió con las arañas: tormentas, volcanes, pandemias y otros fenómenos naturales que cambiaron la historia. Madrid: Guadarramistas, 2015.

Sánchez Herrero, José (et al.). Las cofradías de Sevilla: historia, antropología, arte. Sevilla: Ayuntamiento de Sevilla, 1999 (3ª ed.).

Sanchis y Sivera, José. Historia de san Vicente Ferrer. Valencia: Librería de los sucesores de Badal, 1896.

Thompsom, Agustine. Cities of God: The Religion of the Italian Communes, 1125-1325. Filadelfia: The Pennsylvania State University, 2005.

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