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Alialdea

Desde la Zona Cero

14/03/2019
Vista de Motos. Evidentemenete, la torre ya no está.

He de confesar que, como la mayoría de mis congéneres, cuando leí aquello me dio coraje. El libro se titulaba Los últimos. Voces de la Laponia española, de un tal Paco Cerdá. El asunto llegó tan a mayores que pensamos en protestar, porque no había derecho a que tanto trabajo por mantener el fuerte imbatible, sin que el Séptimo de Caballería llegara, ni se le esperara, aquello pudiera quedar así. Ciertamente era un golpe a la autoestima colectiva. Con solo que el ensayista  hubiese preguntado a dos o tres personas más por el trabajo que se ha hecho en el municipio (1) por mantenerse vivo, tantas horas de desvelos, de conversaciones, de decisiones e ilusiones, a pesar de las bajas en el padrón, quizá el escritor hubiese concluido (o incluido) otras impresiones diferentes a las que llegó.

Motos desde la Abadía o ermita de los Santos

La cosa vino porque en el libro se convertía a Motos, un antiguo lugar del Señorío de Molina (jurídicamente así considerado), en un no-lugar, en la Zona Cero de la despoblación española. De un plumazo. Cierto que en Motos aquel día solo encontró a una persona, pero es que acaso era domingo, por la tarde. El momento depresivo de la semana por antonomasia en toda la OCDE. Si uno quiere encontrar la caricatura, la puede hallar hasta en los sitios más graves, imponentes y dignos.

Sin embargo, aquel jaleo que se montó, que como todo en este mundo globalizado se desvaneció en dos o tres días, dio paso a la reflexión. Todo aquel estalaje me recordó que todas las culturas habían tenido su centro del mundo particular y que, quizá Paco Cerdá -al que, dicho sea, no se le cuestiona un ápice sus cualidades periodísticas y literarias- había intuido algo en aquel pueblo que le condujo intuitivamente a declararlo como centro de algo, en este caso de un hecho social, la despoblación de la España rural interior, que casi es tanto como declararlo capital de la ruralidad española.

Motos siempre, desde niño, me ha resultado un lugar lleno de misterios que van más allá de lo aparente. Supongo que todo esto viene del cariño transmitido con el que mi familia, en parte procedente de allí, hablaba de aquel pueblo, y cómo mi abuela, en alguna velada de invierno, bajando la voz, nos contaba la historia del bandolero-caballero de Motos, de lo temerario que era y de las cosas tan malismas que hacía, metido allí en su torre. Que cuando se murió, fíjate si habría sido malo, don Fernando, el rey Católico, le hundió el castillo para que no quedara ni memoria de él (2). Mi abuela, aunque sus últimos días los pasó físicamente en Alustante, transcurrieron para ella en el Motos viejo, nombrando a la tía Mengana  y al tío Fulano, y deseando que llegara San Pedro, la fiesta del pueblo, para ponerse buena.

San Pedro se va y se viene,

San Pedro viene y se va,

y nosotros nos iremos

y no volveremos más.

Herrajes de la puerta de la iglesia de Motos

Ciertamente, Motos tiene algo de centro del mundo; lo ha tenido siempre. Motos vierte aguas al Atlántico, pero siempre se ha dicho que su parte más oriental, lo que los viejos llamaban la Añada de Lejos,  ya es tributario del Mediterráneo. Los mapas antiguos muestran a Motos en un nudo fronterizo en el que concurrían las comunidades de Albarracín, Molina, Daroca, y (casi) la de Teruel, y por sus linderos con los pueblos de Albarracín subía una antigua vía pecuaria que llevaban los señores de ganados de la potente Casa de Ganaderos de Zaragoza a los invernaderos de Andalucía, Extremadura y el sur de Castilla. Todavía los mapas traen un cacho de vereda inconexo, incomprensible si no se conoce el dato anterior, que recorre las mojoneras de Aragón y de Castilla, titulado Cañada Real de Cuenca, provincia a la que Motos y todo el Señorío de Molina, perteneció hasta 1801.

Motos, cruce de caminos. Obispado de Albarracín, aldea de Molina. Elaboración: Diego Sanz.

Es interesante ver cómo en Motos, en la misma raya entre Castilla y Aragón, fue establecido un peaje, una aduana, a principios del siglo XIV, en una ruta comercial que durante la Edad Media, y acaso más allá de ella, unía el Burgos lanero y los puertos del Cantábrico con la siempre próspera Valencia. Los vecinos de Motos nacidos antes del arreglo de las diócesis según el Concordato de 1953, son aragoneses de pila (bautismal) y castellanos de justicia (ayuntamiento) como lo habían sido antes sus padres y los padres de sus padres, y así hasta no se sabe cuándo; que se dice que si los condes de Molina habrían comprado Motos a los señores Azagra de Albarracín, y que el obispo de Albarracín dijo que bien, pero que se quedaba con Motos, en lo espiritual. Por eso, los libros parroquiales de este pueblo son tan curiosos, porque se ve en ellos la convivencia de dos culturas y de los sistemas metrológicos aragoneses y castellanos de monedas, pesas y medidas, y que en ellos se pasaba de reales y maravedises castellanos a sueldos y dineros jaqueses en menos que se santigua un fraile.

En 1328 en esta ermita, entonces iglesia, se firmo un acuerdo para ubicar en Motos un peaje entre Molina y Albarracín, a fin de extender en el salvoconductos que permitieran pasar libremente a los vecinos de la Comunidad de Albarracín hacia Molina.

Hablando de iglesias, alguien -prometo que no recuerdo quién- propuso que el papa Francisco tenía que acercarse a conocer esta comarca de Molina, tan despoblada. Supongo que aquello vino por la visita de Francisco a un pueblo de la Campania italiana denunciando el éxodo rural, que es cosa de toda Europa, no solo de España, aunque aquí se nos haya ido la mano. Pues para esto también Motos tendría su papel, cuya iglesia no está consagrada a San Pedro, como se dice, sino a la Cátedra de San Pedro, a la silla, al asiento del primer papa, vaya. ¿A qué otro sitio iba a acudir a sentarse un papa con esta misión?

En fin, que sí, que Paco Cerdá tenía razón, y que Motos es la Zona Cero, pero no un no-lugar, sino un centro del mundo, uno de esos sitios a los que la historia vuelve y revuelve sin que podamos saber a ciencia cierta por qué. En los que uno anda y cavila y siente cómo el cielo y la tierra se juntan en un paisaje arisco pero bello, alejado de los modelos ñoños de belleza alpina, que tanto se han empeñado en estampar en nuestros cánones estéticos, inconscientes, los amigos de lo pintoresco. Un paisaje duro y arrasado, vestido de enebros y chaparras (que ahora los snob llaman sabinas rastreras), en el que no es difícil imaginar a una familia del siglo XVIII  robando un rozo de labor a las lomas de pasto común con un macho uncido al arado romano. Paisaje humano, valga la redundancia.

La balsa de Motos. Durante siglos fue lugar de abrevadero para ganados mayores y menores

Notas:

(1) Motos y Alustante forman un solo municipio desde 1970.

(2) La imagen que sirve de portada es, evidentemente, una recreación ideal. La torre de Motos fue demolida por orden de Fernando II de Aragón hacia 1477.

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